miércoles, agosto 22, 2007

Carta abierta a mis compañeros de colegio


Hubo un tiempo - uno solo, continuo, imperceptible - en que flotamos, unidos por nada / más que un líquido que nos entregaba nutrientes, calor, pero que, por sobre todo, nos hizo pensar que el mundo era grato, una fuente inagotable de placer, de completud.
Hubo un tiempo en que el agua nos abrazaba, éramos todos en ese líquido amniótico, y reíamos en burbujas que estallaban en la corteza exterior, y escuchábamos - sí, en ese tiempo escuchábamos - cómo afuera sonreían, es hermoso, decían, es luminoso, pero lástima que se va a acabar alguna vez, una pena, decían. Y la voz a veces dejaba caer la sorpresa Patea, viste? y la placidez, nos cantaba que así en el líquido amniótico nos hacíamos uno así también cambiaríamos el mundo, y saldríamos para abrazarlo también, porque éramos comunitarios, hermosamente gentiles, unidos. Y nos lo creímos, brotaba de nuestras gargantas un sonido común - un sonido vacío, intransmitible, mera vibración, una música de fondo en un sueño perdido a las seis de la mañana - y juramentamos, tan hermosos como inconscientes, promesas tan impracticables como toda belleza en el mundo real.
Tal vez supimos qué se venía porque el último mes nos abrazamos más fuerte que nunca, tal vez incluso algunos nos llegamos a tocar, a palpar esas narices aún informes y los ojos aún cerrados, y sonreíamos, y apretamos nuestras manos, y tras la tela inmunda que eran nuestros párpados, en la borra asquerosa que tenían nuestros labios, vimos ese poco de luz que se asomaba por la grieta, cada vez más grande, en lo que nos había mantenido juntos, y nos abrazamos a los que teníamos más cerca, y, felices, temimos. Y hubo entonces hecha la luz, y el frío, y el dolor. Y nos separamos. Nos hicimos en la separatividad. Entonces aún recordábamos, y hubiésemos sido geniales, pero una cosa es cierta: la belleza y el amor tienen tanto a veces de cerrar los ojos, de recordar, de borrar la distancia del yo, de anular el acto de incorporar, y no ser más que un tubo, un precioso tubo vacío por el que ha de pasar el mundo libre y nosotros, aquellos, con las manos en palmas abiertas, habríamos de amar, de proyectar esa sombra cálida que nos quitaron con el primer baño de realidad - es cierto, en la realidad no se puede amar una criatura berreante, unida por la viscosidad de un líquido incomprensible de uno en uno, no se puede, y nosotros no quisimos - porque conocimos la luz, y el intento civilizatorio de cortar el cordón, aprender a caminar, a hablar, a mirar, a actuar (en nuestra vida).
Y fuimos muchos, entonces, y pocos, aún. Lloramos la pérdida, berreamos por el triunfo, porque pensamos en esas voces y en doblarles la mano, ¡qué importaba la separatividad, si nacimos juntos y pateamos en las mismas aguas! ¡Eso no se olvida, eso es una marca!
El vientre es un lindo sueño. Y queda en nuestra mente como un buen recuerdo, como el sueño de la sombra de algo imperceptiblemente hermoso, con un toque de carne en las noches de borrachera, como una pizca de nuez moscada al despertar en medio de la noche con la cabeza en el pecho de la amada. Pero no es ya más que eso. Porque cuando nacemos al mundo nuestras manos se cierran, toman el gesto absurdo y vano de incorporar, tener, comer, retener, vestir, de ir poco a poco creyendo en que más lejos es más, y más Yo es más, y más me diferencie más dejaré mi huella en las cenizas que nos tocaron pisar. Pero se nos olvida el viento.
Tenemos entonces que ir a la casilla del banco - esa caja pequeñita, numerada, de cristal, donde cabe sólo el más preciado de nuestros objetos - y darnos cuenta de que guardamos sólo polvo, y que sin nuestros brazos abiertos estamos vestidos y solos, y con un sabor cada vez más huidizo en nuestra garganta.
Pero está bien, cabros, está bien. Somos ya adultos y nos avergüenza andar desnudos, ya somos hijos de la mancha, ya nos parió la conciencia. Nos informaron ya que junto con la primera mota de polvo y con el primer haz de energía surgió el mal, nos hablaron del Big Bang: Nuestro universo nació para separarse, es la condena de no soportar(nos) demasiada unión.
Una cosa es cierta: jamás nos unió nada concreto. Y allí radica la belleza de todo esto, y la tragedia de la palabra recuerdo.
Salvo por los mal paridos. Salvo por los que les quedó un trozo de carne en el ombligo, y lo dejamos estar ahí, tal vez lo dejamos crecer y le permitimos podrir nuestras carnes. Porque para el mundo de afuera es eso, tanto de podredumbre y de poca higiene esto de dejar enquistarse el vidrio en el zapato, la grieta en la lengua, el trozo de cordón en el ombligo.
Otras veces salimos a abrazar, y nos encontraron ridículos, risibles, niños a los que había que corregir. Llegaron nuestras madres, y las sustitutas de nuestras madres, a educarnos, a ser tan maduros como ellos, tan civilizados como ellos, tan individuos como ellos.
No, está mal. Desde qué punto, no lo sé, pero está mal. El hombre como especie, como todas las especies, tiene un solo mandato: adáptate, sobrevive. Entonces está bien. Debemos madurar, dejarnos de tonteras y desvincularnos afectivamente del recuerdo, del mundo, para así triunfar, dejar nuestro nombre, prolongar nuestro apellido, y dejar este mundo con la paz de que hice bien las cosas, de que era lo correcto, de que tengo mi nicho bien ganado. Basta con nuestro terruño, nuestro pequeño feudo: una mujer que me ame, unos hijos que me respetan, una familia a la que querer y enterrar, una casa mía para la vejez, toda mía para que la segunda generación la demuela y reduzca nuestros huesos a ceniza; un auto para cinco años más, un jardín, y un balón en una plaza que entonces parecerá extraño, un poco ridículo, y nos hará jugar con la mirada en el suelo, en el balón y nuestro hijo, y no veremos más ya nada, porque no hay nada que ver, porque estaremos todos en la misma plaza, y sólo veremos nuestra vergüenza, nuestras ganas de poner un vacío entre cada estrella. Y está bien, de eso se trata. Mal que mal, somos hijos del Big Bang.
O bomba de racimo, como lo llamábamos entonces.

Los quiero a todos.
Inmutable,
Nerciano

6 comentarios:

  1. Saludos desde el trastoque.

    Otro compañero.-

    ResponderEliminar
  2. Saludos de un hombre flamígero, un hombre ígneo, y un hombre de mar.

    El vodka todo lo vence.

    ResponderEliminar
  3. Anónimo12:31 p. m.

    Me aburrí en la mitad y no seguí leyendo. Mejor pon chistes o fotos porno.

    ResponderEliminar
  4. Era de suponerse, esa mirada masculina, ambigua y casi vulgar de ver la vida. Una sensación de obligación...en vez de maravillarte!
    Sentir ke te casas porke es el amor de tú vida, los hijos el fruto de ese amor, la casa lo concreto de un sacrificio... la vida es más ke hechos y cosas dadas porke sí, y tú lo sabes. Cree más en tí, te dije ke dejaras de ser!
    Una mirada egoísta y simplista a lo ke es una experiencia egoista y ke deja marcas en cualkiera. LA VIDA!

    Sueña, y llámame hoy. Ella soy yo.

    ResponderEliminar
  5. jahjahaj me ekivoké, te das cuenta ke me alteras!!!

    es: una mirada ordinaria y simplista a lo ke es una experiencia egoista y ke deja marcas en cualkiera. LA VIDA!!

    ( ESO ERA) LO SIENTO POR LA EKIVOCACIÓN.

    bye! cuidate, e igual sueña!

    ResponderEliminar
  6. Bueno Fer de mis sospechas, creo que no captaste la ironía (tal vez no quedó muy marcada, ahora que lo leo de nuevo). Es precisamente CONTRA ese modelo de vida que estoy escribiendo, o por lo menos contra varias de sus connotaciones y prácticas. Sorprende lo poco que me recuerdas.

    ResponderEliminar